El árbol caído
Julio Reinel Mendoza Acosta
Asociado de la Regional Caribe

Oh, eres tú mi viejo árbol amigo, puedo creerlo aunque te veo sin ramas erguidas y sí ramas de ti caídas y deshojadas, las de la frondosidad para el reposo y el descanso.

El árbol caído

Oh, árbol que caíste un día y aún sigues caído, más que caído, desramado, destruido, y, las que te quedan, están secas y deshojadas, sus hojas arrasadas de sus ramas y arrastradas por el viento. 

Tú, árbol caído, pero no desraizado, veo en tu tronco el asomo de un retoño ¿un retoño de mí? sí, de ti, en ti, que será tu continuidad. Por él volverás a ser ese árbol como el de mostaza que de la más pequeña semilla que pueda existir nace el más grande árbol que pueda haber.
 
Oh, árbol que un día caíste y de tus ramas hicieron leña, cuidaré ese retoño que hoy se asoma para que vuelvas a ser lo que fuiste: Grande, frondoso, de abundante y grande ramaje de copiosas hojas para dar reposo con tu sombra a quienes sofocados a reposar a ti se arrimen. 
 
Oh, árbol majestuoso que un día bajo tu frondosidad muchos se detuvieron, que a muchos diste reposo, se lo volverás a dar cuando ese pequeño retoño que hoy solo se asoma, crezca, para que vuelvas a ser lo que antes fuiste: El más fuerte, el más grande de ramas frondosas de aves llenas. 

Darás sombra nuevamente y muchos reposarán bajo tu frondosidad como antes lo hicieron y podrán en  él volver a descansar.

Oh, ramas caídas que unos u otros su estropicio escucharon o no al caer, ya no volverán a tener hojas para dar sombra, no volverán a tener flores para dar frutos, no regresarán las aves a anidar; habrán servido o seguirán sirviendo de leña, haciendo el fuego que lentamente se irá apagando, el que con ustedes  avivaron, y cuando  ustedes falten ¿qué será de ese fuego? Desaparecerá. Solo cenizas quedarán y como las hojas que un día tuvieron, vuelta cenizas se las llevará el más leve viento y jamás volverán a juntarse como antes estuvieron, ya nadie podrá saber dónde irían a parar esparcidas hechas cenizas, sí, cenizas, y las cenizas serán siempre la expresión silenciosa de un final, de un estado de impotencia de volver a ser.

Oh, árbol que un día fuiste la atracción del bosque, volverás a serlo si dejas crecer en ti ese retoño que será tu continuidad; volverán a ti a buscar tu sombra para reposar y descansar bajo tu frondosidad los que antes lo hicieron.

Embates de inesperados, fuertes y arrasadores “vientos” nos pueden llegar como le llegaron a ese viejo árbol amigo que por tener resistentes y profundas sus raíces no pudo ser arrasado ni arrastrado. Solo siendo fuertes y teniendo raíces como él,  podremos resistir la fuerza de esos “vientos” de las distintas furias, podremos ser tumbados pero no arrastrados. Esas raíces son las que tenemos internamente, la que hacemos crecer con nuestros comportamientos, los que dan o no para que haya o no, un retoño, son ellos los que hacen que este brote si caemos, son esas “raíces” las que no dejarán que seamos vulnerados por el más grande o más pequeño que quiera hacerlo. No habrá árboles viejos o no caídos, ni desramado, no habrá ramas deshojadas, no habrá hojas arrasadas por el “viento” hechas cenizas, porque las cenizas son la expresión del estado de irreversibilidad de volver a ser.
 

 

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